Aprendiendo hebreo a través de los graffitis y los muros de Tel Aviv

Por JODI RUDOREN, The New York Times News Service/Syndicate

"Tze mehateleviziya, tatjil lijiot" (Sal de la TV, comienza a vivir). Crédito: Sabina Brandes

“Tze mehateleviziya, tatjil lijiot” (Sal de la TV, comienza a vivir). Crédito: Sabina Brandes

TEL AVIV, Israel – Los textos, escritos en rejillas de metal, muros de piedra y letreros de neón, algunas veces desaparecen de una clase a la siguiente. Los temas son pluralismo, justicia económica y el conflicto palestino-israelí; y la gramática, siempre un poco de gramática incorporada.

Las lecciones de hebreo de Guy Sharett se imparten en un salón de clases ambulante, en las calles y callejones de Florentin, su vecindario aquí, donde nuevas palabras del vocabulario son mezcladas con un plan de estudios siempre cambiante.

“Dejen el televisor, empiecen a vivir”, tradujo Sharett una consigna en hebreo garrapateada al inicio de una clase una tarde reciente, seguido por una docena de estudiantes deseosos de comprender la vida de las calles de Tel Aviv así como el revivido idioma antiguo que ahí se habla.

Sacó un pequeño pizarrón blanco para descomponer el graffiti ante él. La primera parte de la consigna, “Tzay mayhatelevizia”, usaba el imperativo – dejen – mientras que “tatchil lichayot”, empiecen a vivir, estaba en tiempo futuro. “A nosotros nos suena demasiado pomposo y demasiado arcaico”, explicó, “así que simplemente usamos el futuro”.

Unos minutos antes, habían analizado un letrero exhortando a los dueños de perros a no permitir que sus animales orinen cerca de cierto edificio. Al lado, una imagen de Theodor Herzl, el padre del sionismo, con su famoso lema: “Si lo deseas, no es un sueño”, cambió a “Si no lo quieres, no lo necesitas”. Aquí, un verso del artista callejero y poeta Nitzan Mintz. Allá, la imagen icónica de un triste niño del gueto de Varsovia, con el letrero “No me deporten”, utilizada con nuevo propósito en la crisis actual de trabajadores migrantes de Africa que inundan el sur de Tel Aviv.

“Dependen de un conocimiento cultural que uno no necesariamente tiene”, dijo una de los estudiantes, Marcela Sulak, que ha estado aquí dos años como directora del programa de escritura creativa en la Universidad Bar-Ilan. “El te enseña las herramientas para que puedas dilucidarlo por ti mismo. Estás aprendiendo el hebreo que necesitas todos los días mirando el vecindario”.

Las clases de una hora, que cuestan 50 shekels, o unos 12 dólares, son organizadas en Facebook. Surgieron de protestas el verano pasado, cuando los estudiantes de hebreo tradicionales de Sharett se sintieron desconcertados por los letreros en el campamento a lo largo del Boulevard Rothschild, así que empezó a sacarlos para las lecciones, junto con su pequeño pizarrón blanco. Después de que las tiendas de la protesta desaparecieron, decidió convertir a los muros llenos de graffiti de su aburguesado vecindario en el nuevo programa de estudios.

Él es Guy Sharett, el artífice de estas innovadoras clases de hebreo [Créditos: http://www.streetwisehebrew.com]

Él es Guy Sharett, el artífice de estas innovadoras clases de hebreo [Créditos: http://www.streetwisehebrew.com%5D

“No se trata sólo de enseñar el idioma, también se enseña la cultura”, explicó Sharett. “Alguien tomó una línea de una canción que todos conocemos y cambió una palabra; es muy difícil de comprender si alguien local no te explica: ‘Eso fue tomado de.’”.

Sharett, de 40 años de edad, tiene un trabajo diurno en una compañía de televisión, pero ha dado clases privadas de hebreo durante varios años. Además del curso de graffiti, ofrece recorridos extraordinarios al mercado de especias de la ciudad (“Despierten y huelan el Zatar”); de compras y cocina con un chef famoso (“Mientras picamos, aprendemos los nombres de las verduras”); y para ver la versión local de “American Idol”, con el uso frecuente del botón de pausa para traducir la jerga y los chistes (“Esto es la Lección 1 de ‘israelidad’”, dijo.)

Hijo de una artista y un capitán de remolcadores cuya casa en Ashdod era “como un salón francés”, Sharett es una especie de erudito de los idiomas. “Tenía un vecino turco, así que empecé a aprender turco; hubo una niñera alemana así que empecé a aprender alemán”, dijo. A los 16 años, tomó un empleo en la torre de control del puerto, “así que podía hablar por radio con capitanes en diferentes idiomas y decirles que levaran anclas; pero sólo términos marítimos que realmente no podía usar en la vida común”.

Los estudiantes de sus recorridos quieren términos que puedan usar en la vida cotidiana; muchos son desertores de ulpan, las clases de inmersión que son gratuitas para los nuevos inmigrantes. Un reciente recorrido para analizar graffiti incluía a una investigadora posdoctoral china; un empleado de Google de 28 años de edad originario de Rhode Island; un analista financiero y poeta que está casado con un israelí; un maestro británico que ha vivido aquí 20 años; Sulak, cuya hija de cinco años permaneció dormida toda la hora en su carriola; y un profesor de política medioriental de la City University of New York que está en su año sabático.

Créditos: Rina Castelnuovo/The New York Times

Créditos: Rina Castelnuovo/The New York Times

“La política callejera es donde ocurren las cosas”, dijo el profesor, Dov Waxman, de 37 años de edad. “En la mayoría de los lugares, el graffiti es una marcación o arte. Aquí, realmente se puede leer la política. Camino por ahí y veo todo yo solo, pero no siempre lo entiendo todo”.

Xioayan Wu, investigadora postdoctoral, ha estado estudiando hebreo con Sharett desde hace tres meses, y era la primera en responder la mayoría de sus preguntas sobre gramática. “Se obtiene más memoria contextualizada”, dijo del aprendizaje en la calle. “Lo bueno es que puedo regresar a revisarlo en cualquier momento”.

Aquí, uno encuentra una lección de cuán fácil es componer palabras: un salón de tatuajes llamado, esencialmente, “tatuajismo”, usando las letras hebreas yud, zayin, mem para añadir “ismo”. Ahí, una puerta negra muestra los letreros de señalización ubicuos que apuntan en una dirección hacia Tel Aviv y a la otra hacia Jerusalén, sólo que la flecha de Jerusalén conduce a un hombre ultra-ortodoxo en oración. Una etiqueta declara “los judíos y árabes se niegan a ser enemigos”. Un letrero usa la palabra “agudah”, asociación, la cual, señaló Sharett, tiene la misma raíz que la compañía de autobuses israelí, Egged, porque los autobuses vinculan a los lugares.

Luego está una nueva tienda de conveniencia ampm, una de las muchas cadenas que ahora salpican a las otrora descarnadas calles de Florentin. “Lo pronunciamos Ahm-Pahm”, dijo Sharett al grupo. “Si quieren impresionar a sus amigos israelíes, digan: ‘Ani holech l’ahm pahm’”, lo cual significa “Voy al ampm”.

Conoce el sitio web de Guy Sharett haciendo clic aquí.

Fuente: msn newyorktimes

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